No soy una persona que se emocione con facilidad. Bueno, la verdad es que no lo sé, no me paro a pensar en lo que siento, sólo en lo que hago. Y desde luego, no soy una persona que muestre sus sentimientos con facilidad (salvo el amor). No me gusta hablar de mí, no me gusta que se me note en la cara cómo estoy por dentro, no me gusta poner tonos de voz que me delaten.
Pero precisamente cuando hablo de ellos, cuando los muestro, son la verdad. Nunca mentiría acerca de ellos, preferiría simplemente callar.
Sin embargo, es inevitable que se me escapen a veces pequeños dejes de actitud, especialmente si ese sentimiento es muy fuerte. Para una persona a la que le cuesta tanto emocionarse, puedo asegurar que cuando la emoción llega, llega de verdad. Cuando la ilusión aparece, el mundo se ilumina del todo, lo malo da igual, completamente igual, porque no es importante, está totalmente eclipsado por la causa de la ilusión.
Es por esto que cuando llega la desilusión y la luz se apaga de repente, uno ve menos que antes. Sólo quedan destellos irreales allá donde se mira, y una bola de angustia debajo del esternón. Se vuelve difícil mantener una conversación, el mundo no encaja, algo falla, y es imposible entender por qué el mundo no para, rebobina y corrige el error.
Es como ver una pizarra enorme con una solución a un problema matemático, y fijarse en que, en medio, hay un pequeño error, un menos en vez de un más, o un cuatro en vez de un siete. Es la pena y la angustia de ver como la ecuación sigue después, soportando sin saberlo la anulante carga que supone la incorrección. Está mal, pero no lo sabe y sigue como si nada.
miércoles 7 de enero de 2009
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