martes 8 de septiembre de 2009

Ocurrencia

El verdadero fallo de todas las doctrinas en general, sean religiosas o no, es tratar de adaptar el mundo a su forma de pensar, en vez de adaptar su forma de pensar al mundo.

Se me acaba de ocurrir escribiendo un comentario en el usshak de Scar. Es la típica chorrada que sale sola, y luego reflexionando sobre ello uno se da cuenta de lo verdad que es. Sobre todo lo de "pretensión de universalidad".

http://es.wikipedia.org/wiki/Doctrina

jueves 9 de julio de 2009

Cuesta abajo y sin frenos

El umbral del agobio crece con la edad.

Cuando se es un bebé, lo que agobia y estresa es tener hambre, o calor, o incomodidad. Con seis o siete años, es estar castigado y cosas así. Con la adolescencia, las chicas y las notas, con veintitantos, agobian los estudios, empieza a haber cosas serias en juego y el futuro empieza a depender de uno mismo. Con cuarenta, te juegas todo lo que tienes con tus acciones. Y con ochenta, te juegas todo lo que eres, y al final siempre pierdes.

Vivimos cuesta abajo y sin frenos.

Procrastinator

Es imposible solucionar un problema con la misma forma de pensar que cuando lo creaste.


Hola, buenas tardes. Mire, quería medio kilo de voluntad de hierro y una tenacidad que no esté muy verde. Si tiene comprensión, póngame un par de briks, y no me vendrían mal cien gramos de cociente intelectual. Y encárgueme dos botellas de esa cosa que te hace actuar cuando las cosas van mal, y no quedarte mirando mientras te hundes.

miércoles 7 de enero de 2009

Delusion

No soy una persona que se emocione con facilidad. Bueno, la verdad es que no lo sé, no me paro a pensar en lo que siento, sólo en lo que hago. Y desde luego, no soy una persona que muestre sus sentimientos con facilidad (salvo el amor). No me gusta hablar de mí, no me gusta que se me note en la cara cómo estoy por dentro, no me gusta poner tonos de voz que me delaten.

Pero precisamente cuando hablo de ellos, cuando los muestro, son la verdad. Nunca mentiría acerca de ellos, preferiría simplemente callar.

Sin embargo, es inevitable que se me escapen a veces pequeños dejes de actitud, especialmente si ese sentimiento es muy fuerte. Para una persona a la que le cuesta tanto emocionarse, puedo asegurar que cuando la emoción llega, llega de verdad. Cuando la ilusión aparece, el mundo se ilumina del todo, lo malo da igual, completamente igual, porque no es importante, está totalmente eclipsado por la causa de la ilusión.

Es por esto que cuando llega la desilusión y la luz se apaga de repente, uno ve menos que antes. Sólo quedan destellos irreales allá donde se mira, y una bola de angustia debajo del esternón. Se vuelve difícil mantener una conversación, el mundo no encaja, algo falla, y es imposible entender por qué el mundo no para, rebobina y corrige el error.

Es como ver una pizarra enorme con una solución a un problema matemático, y fijarse en que, en medio, hay un pequeño error, un menos en vez de un más, o un cuatro en vez de un siete. Es la pena y la angustia de ver como la ecuación sigue después, soportando sin saberlo la anulante carga que supone la incorrección. Está mal, pero no lo sabe y sigue como si nada.

sábado 23 de agosto de 2008

Nonsense

¿Todo para qué?

Estudiar, sacarse la carrera, trabajar, ganar dinero, trabajar más, ganar más dinero, pasarlo bien, pasarlo mal, ser absolutamente feliz, ser totalmente infeliz, ganar y luego perder, esforzarse y obtener resultados, esforzarse para nada, triunfar, fracasar, aprender, olvidar, saber, ignorar, de repente entender, arrepentirse, y justo después morir.

A veces sentirse completo, a veces vacío, caerse y levantarse, alzarse y desplomarse.

¿Y qué? ¿Qué quiero? ¿Alcanzar unos objetivos que me han sido impuestos? ¿O rebelarme contra el objetivo para el que me crearon (me refiero a mis padres)?

Ya me imagino cómo es vivir. Es esforzarse por pasarlo bien y aguantar el tipo mientras uno se muere.

Yo no quiero eso.

jueves 3 de abril de 2008

La Dama Miedosa

Érase una vez una bella joven llamada Lydia, que vivía en una casa en el campo con sus padres, que eran labradores. Desde pequeña, siempre le habían advertido sobre los peligros del exterior: animales salvajes, plantas venenosas, bandidos despiadados... Por ello, se dedicaba a las tareas del hogar, y nunca se alejaba de la casa.

Una tarde, pasaba por allí un apuesto caballero cuando, al verla en la ventana, quedó prendado al instante de ella. De inmediato se dirigió al campo de trigo donde trabajaba el padre de la joven.

—Buen señor, vengo de lejanas tierras en busca de una mujer para casarme, dado que mi madre está moribunda y mi padre, el Duque de Nusia, está decidido a que ella me vea casado antes de morir. Muchas jóvenes he visto desde que partí y que arda en el infierno si alguna era más bella que vuestra hija. Permitidme desposarla, buen señor, y se os concederán honores y privilegios dignos de la alcurnia que la belleza de vuestra hija merece.

—Vuestra proposición no me es tentadora, joven caballero, puesto que con mi tierra me es suficiente para mantener a mí y a los míos, y no necesito de riquezas y esos lujos de nobles. Sin embargo, no impediré que os caséis con mi hija Lydia si ella lo desea, pues a mí me basta con que esté a salvo y feliz.

—Extrañas son vuestras palabras, buen hombre, y no carentes de sabiduría. Permitidme conocer a vuestra hija, pues.

—Quedáos a cenar si lo deseáis, que ya está anocheciendo, mas no esperéis manjares palatinos. Apenas habrá cena para los cuatro.

Y así el jóven caballero se quedó a cenar. Durante la cena, habló de batallas, de aventuras peligrosas, de lugares que había conocido, y con cada nueva palabra crecían en Lydia a la par el amor y la tristeza. ¿Cómo podría amar a un hombre que da muerte a otros en sangrientas batallas, y que podría ser muerto en cualquiera de ellas? Pero, ¿cómo podría no amar a un hombre tan apuesto, valiente e interesante? Y sintió miedo. Miedo de quedarse sola si se casaba con él y éste moría, y miedo de no hacerlo y quedarse sola aún si el caballero no moría.

Entretanto, se había hecho demasiado tarde para que el caballero pudiera seguir su viaje, así que tuvo que quedarse a pasar la noche, aplazando por tanto la decisión de Lydia al día siguiente.

Preocupado por su devenir, el joven era incapaz de conciliar el sueño. ¿Aceptaría ella la proposición? ¿Encontraría a otra más bella en caso contrario? ¿Volvería a tiempo para ver a su madre? Incómodo y absorto en sus pensamientos, el caballero salió a dar un paseo a la luz de la luna.

Escaleras arriba, en su cama, Lydia temblaba de miedo. Se se iba con él, ¿acaso volvería a ver a sus padres? ¿Le gustaría su nuevo hogar? ¿Y si no está cómoda y él no vuelve de una de sus aventuras? ¿Estaría condenada a vivir en ese lugar para siempre? Intranquila y acalorada, fue a abrir la ventana para que entrara aire fresco. Hacía una noche preciosa.

Al oír el ruido de la ventana desde la hierba, el joven se sobresaltó. Entonces, ella se asomó, extrañada por el ruido, y sus miradas se encontraron bajo la tenue luz lunar.

Se hizo un silencio incómodo, que el caballero rompió diciendo:

—¿Te has decidido ya? Necesito saberlo cuanto antes, no hay tiempo que perder.

—No sé qué hacer. Hay tantos peligros, tanto que dejar atrás, tantas cosas que podrían salir mal... Sólo soy una campesina, no sabría cómo actuar frente a los Duques, qué vergüenza. ¿Y si no estoy a la altura de las circunstancias?

—Olvida tus miedos. Véncelos, ven conmigo. Casémonos y conozcamos mundo, corramos aventuras. Al principio será difícil, por supuesto, pero cada vez será más fácil, aprenderás a comportarte como una dama y todo el mundo te apreciará y respetará. Supera la vergüenza: comprendo tus carencias y te ayudaré a solucionarlas, y tú a mí con las mías. No renuncies a las emociones por tus miedos, pues éstos desaparecerán si son vencidos.

—Pero no desaparecerán los peligros. ¿Y si te pierdo? ¿Qué sería de mí, viuda y amargada?

—¿Y qué si me pierdes? ¿Acaso no sería mejor haber amado y haber perdido que nunca haber amado? No va a ser fácil. Te ofrezco un camino que requiere un gran esfuerzo. Tendrás que vencer a tu mayor enemigo, tú misma. Tu vergüenza, tus miedos iniciales y tu inexperiencia. Pero piensa en lo que obtendrás: aventuras emocionantes, amor, riquezas, felicidad. ¿Acaso no merece la pena?

Larga fue la conversación que los jóvenes mantuvieron, mas al alba, Lydia no había tomado una decisión. El caballero se marchó sin decir nada, y nunca volvió.

Sus vidas siguieron caminos distintos. Él fue feliz con otra doncella, casi tan bella como Lydia. Ella nunca fue feliz porque nunca superó sus miedos. Aunque se casó con un chico de por allí que era bueno y amable, no se querían demasiado. Y muchos años después, cuando él ya la había olvidado, ella aún se preguntaba cómo hubiera sido su vida de no ser tan cobarde, y siempre llegaba a la misma conclusión: mejor.

domingo 27 de enero de 2008

Diez historias cortas

La 1 y la 4 las hice pensando en dos chicas diferentes. La 3 y la 5 son hechos reales.


1.
Eres como el agua
No te puedo retener
en el cuenco de las manos.

Eres como el agua
Si te toco me mojo
De ti.

Eres como el agua
Si te ataco con el arma
Del pensamiento,
Te atravieso y no te hiero.

Eres como el agua
Insípida y cautivadora,
Inodora y envolvente,
Inmóvil y cambiante.

Y yo soy como el fuego
Que te toco y hierves,
Me tocas y me derrito
Pero me apagas y te evaporas.






2.
Una chica llora de pie en la repisa de la ventana de su habitación. Su madre abre la puerta y la ve. Va corriendo a cogerla pero ella se deja caer hacia atrás. Da la vuelta en el aire y contempla el suelo que se acerca inexorable. Cierra los ojos y espera el final.

Flap.

Planea a milímetros del suelo. La adrenalina actúa. Se desliza rápida sobre el asfalto.

Flap.

Se eleva un par de metros de altura y sigue con su veloz marcha. Mira a la izquierda y ve el mar, ahí quieto, desafiante. Se dispone a virar, para disfrutar de él desde otra perspectiva.

¡¡Tang!!

Una señal de tráfico se interpone en su camino. La chica choca contra ella y se parte el cuello contra el metal.






3.
Dang.

Una campanada procedente de la iglesia del pueblo me anunció que se había cumplido una hora y media desde la medianoche. No había intentado dormir, pero sabía que no podría y que no quería. Me vestí y bajé dos pisos hasta la planta baja. Cogí unas llaves e, intentando hacer el menor ruido posible, procedí a abrir la puerta trasera de la casa.

Salí al exterior y cerré la puerta. Hacía fresco. Era una noche nubosa sin luna. Pasé del suelo de madera de la cocina al de piedra del porche, y al de hierba del jardín. Estaba mojada.

El jardín podría describirlo aproximadamente como cuatro bloques cuadrados de una superficie de unos mil quinientos metros cuadrados cada uno. Se sitúa uno en el centro, y los otros tres pegados a tres de sus lados, quedando el otro libre. La finca está limitada por un muro de piedra de dos metros de altura y un meandro del río llamado Aguanaz, afluente del Miera. En el cuadrado central está la casa. En uno de los cuadrados laterales, la piscina. En el otro lateral, el garaje, un edificio de unos trescientos metros cuadrados de planta y dos pisos (sólo es garaje la planta baja). En el cuadrado que falta, y en la superficie restante de los otros cuadrados, hierba.

Una vez en la hierba, me dirigí a la piscina. La bordeé, deteniéndome para escuchar un rumor de máquinas que venía del suelo. Después acabó el muro y empezó el río. Fui por la orilla hasta el extremo más alejado de la casa, a mitad de camino si quieres dar toda la vuelta por el borde. Allí, en el suelo, me encontré una rama larga y ligeramente curvada, que mediría menos de metro y medio. Le quité las ramitas y parte de la corteza, y se me ocurrió que se parecía a una katana. Me acordé de mi promesa personal de ir un año a Japón a aprender kendo, que sigue en pie. El resto del paseo a lo largo del borde de la finca lo hice repartiendo mandobles.

Así llegué a la puerta por donde entran los coches, una de estas automáticas corredizas. Había otra puerta para peatones. Salí y cerré, aunque no tenía llaves, porque se me había ocurrido una forma para volver a entrar más tarde usando la rama-katana.

Me encaminé hacia el pueblo, por un camino que bajaba con el río.

Dang. Dang.

Dieron las dos y me pregunté quién daría las campanas, si se tendría que levantar cada media hora todos los días, y si no estaría él más colgado que la campana. Continué por el camino hasta llegar a un sitio donde el habitual rumor del río pasaba a un extraño “blop, blop”, como si hubiera algo ahí metido. Me quedé un rato ahí antes de seguir.

Llegué a la iglesia del pueblo. Era el único de mi familia que nunca había estado allí. La empecé a rodear, hasta que di con la puerta principal, que me pareció cutre. Intenté abrir, pero estaba cerrada. Me pareció irónico: “Horario de entrada a la casa de Dios”. Vamos, que si entro por la noche seguro que le despierto al pobrecito.

Seguí en mi afán de rodear, y pasé al lado de un cementerio. Por un momento pensé en entrar, pero no quería alargar demasiado el paseo, y preferí dejarlo para otra ocasión. Volví sobre mis pasos por el camino.

Dang.

El colgado tocó la campana justo cuando pasaba por el mismo sitio que cuando dio las dos. Me pareció curioso. Llegué a la puerta peatonal, entré utilizando la rama (no diré cómo), dejé todo el piso de abajo como estaba: puertas cerradas, llaves donde estaban, luces como estaban… y subí a mi habitación, pensando que podía describir el paseo y subirlo al fotolog.






4.
Ella era lista, y sabía de qué hilos tirar para sacar lo que quería de las personas. Las impresionaba con trucos fáciles, divirtiendo a la gente con su espontaneidad, pero protegiéndose de ellos con una fría coraza mental. Yo la supe convencer para que me enseñara más, para que me mostrara lo que hay detrás de todo ese despliegue de recursos sociales. Y lo que vi me gustó, se parecía bastante a mí. Ese parecido nos hizo llevarnos muy bien, congeniábamos. Sólo había roces cuando el ego de uno rozaba el del otro, y aún así acababan pronto, porque a los dos nos importaba poco.

Sin embargo, las cosas cambiaron. Como suele pasar, al distanciar durante el tiempo suficiente a dos personas que encajan, los bordes de sus personalidades se perfilan de forma diferente.

Ahora nos hemos reencontrado, y he visto que hemos pulido defectos distintos. Mientras yo he aprendido a tragarme el orgullo y he dejado algo aparcado mi lado social, ella se ha esforzado en mejorar las habilidades sociales que ya tenía buenas de por sí, dejando sin desarrollar su lado humilde. ¿Qué he encontrado en ella? En ella me he visto a mí mismo como era hace un año o dos. Y no me gusta. Antes, mi propio ego me forzaba a ponerme a su altura (no sé sí más alta o más baja, sé que era otra). Ahora no quiero entenderla y adecuar las cosas a su personalidad. No me apetece. Tampoco voy a explicarle qué tiene que hacer. No tengo energías para hacerlo, ni sé si sería correcto o si soy yo el que merece una explicación.

Ya no encajamos. Ella ya no me gusta.





5.
You're walking through some crowded place, when you see her. She's not specially pretty, she's not the sexiest, and she doesn't wear the best clothes, but you know it IS her. You just know she's got that... whatever, even if you have never spoken with her. She catches your eye, and your heart starts hopping around.

The following day you find yourself seeking her face in the crowd, wishing to see her again. And sometimes you do, and sometimes you don't. You end up doing that every day. And then one day you realize you can't take your mind off her, and you haven't even talked to her! She's not even the most beautiful, the most anything, or not that you know.

Time goes by, with some periods in which you see her very often (sometimes you catch her eye and your heart kinda pops again) and some in which you don't. Then, suddenly you meet her some Friday at a pub, and she starts talking to you. You hardly listen to her, you don't breathe, don't feel, you're kilometres above all that crowd. So all you do is nod and smile. You get back to Earth when you see she's waiting for an answer, so you quickly make up something unimportant to say according to what you think she was talking about, you tell her goodbye, and you turn around greeding for some fresh air, or a place where to cling to, or whatever.



Vas andando por cualquier sitio, lleno de gente, y la ves. No es especialmente guapa, ni tiene el mejor tipo, ni la ropa más bonita, pero sabes que ES ella. Sabes que tiene ese nosequé, aunque no hayas hablado nunca con ella. Ella te mira, y a tu corazón le entra hipo, pega un salto.

Al día siguiente te sorprendes buscándola entre la gente, deseándo encontrártela y volverla a ver. Y a veces la ves y a veces no. Acabas haciendo eso todos los días. Un día te das cuenta de que no te la puedes quitar de la cabeza, y ni siquiera has hablado con ella nunca. Ni siquiera es la más guapa, ni la más nada, que tú sepas.

Pasa el tiempo, con algunas etapas de verla mucho (a veces cruzáis la mirada y el corazón te da otro salto) y otras etapas en que no está. Hasta que de pronto un día te la encuentras en un local, un viernes, y viene y te habla. Tú no escuchas apenas, no respiras, no sientes, estás kilómetros por encima de toda esa gente. Y sólo puedes asentir y sonreír. Vuelves a la Tierra cuando espera una respuesta, rápidamente rescatas de lo poco de que te has enterado alguna respuesta sin importancia, te despides y te das la vuelta buscando aire, buscando algún sitio donde agarrarte, o lo que sea.




6.
IZQUIERDA

Había vivido en esa casa toda su vida, ¿por qué tenía que irse ahora? Ya no tenía edad para mudarse, para ir andando de aquí para allá, para cambiar.

Todo empezó hace seis meses. Demolieron los edificios cercanos, las casas en las que había crecido, que habían sido parte de ella, de su vida. Estaban destrozando su barrio, y eso la entristecía y la preocupaba. La preocupaba porque los edificios demolidos cada vez eran más cercanos a su casa, y temía que quisieran tirarla también.

Un día llegó una carta del Ayuntamiento: Para continuar con la construcción de una nueva urbanización de lujo, iba a ser necesaria la demolición de su vivienda, una vieja casa de dos plantas con un pequeño jardín. Obviamente, se negó. No iba a permitir que, a cambio de cuatro perras, la hicieran cambiar de vida, de costumbres y de barrio. Esa casa siempre había sido de su familia y no permitiría que la demolieran.

El tiempo pasó, llegando cartas del Ayuntamiento cada poco tiempo, pero ella rehusaba responder. Al cabo de cinco meses, vino a su casa un señor con aspecto de importante, conduciendo un BMW. Era bastante gordo, tenía el pelo engominado, muchas ojeras e iba fumando un puro. Al principio se mostró encantador, hablándole del nuevo complejo que iban a construir, de una vivienda que le podrían dar a cambio, de lo que podría hacer ella con el dinero que le darían. Sin embargo, al ver que ella se negaba, dejó de ser encantador. Le habló de que su casa estaba vieja y derruida, de que si se continuaba negando podrían expropiarla, y se tiró hablando un buen rato de unidades de actuación y de recalificaciones de suelo. Al final, las palabras amables se habían convertido en amenazas.

Ella no se iba a quedar de brazos cruzados. Publicó quejas en el periódico, con bastante éxito. Tenía el apoyo de la gente, pero no podía hacer nada ante la ley. Ese cretino millonario vestido de etiqueta le iba a amargar la vida. Se estaba empeñando en destrozar todo lo que ella había intentado construir todo ese tiempo.




DERECHA

Ya no podía más. Estaba demasiado estresado (el estrés le estaba haciendo engordar): trabajaba 14 horas diarias para poder sacar adelante su proyecto. Era su sueño, llevaba años planeando todo aquello. Al fin ese viejo barrio saldría adelante. La nueva urbanización daría un aspecto imponente a esa zona de la ciudad, y los habitantes de las antiguas casas podrían comprar, con el dinero de la venta de su antigua casa, una de las viviendas en construcción. Ese proyecto iba a hacer feliz a mucha gente, y por eso él estaba poniendo todo su dinero y todo su empeño en ello.

De hecho, empezaba a dudar si no había puesto demasiado. Para poder pagar el terreno había avalado su propia casa, para pagar el resto de licencias y procesos legales, sus hijos estaban pasando hambre. Estaba completamente volcado en aquel proyecto. Y últimamente empezaba a desesperarse, debido a unos problemas que habían surgido. Una señora mayor se negaba a permitir la demolición de su casa.

Eso podría destrozar todos sus planes: sería imposible completar la obra con ese edificio viejo y feo en medio. La expropiación podría tardar años, y sin el proyecto, él no tenía dinero para aguantar años. De hecho, necesitaba acabar la demolición para empezar a vender los pisos, y empezar a pagar todas las deudas que todo esto le estaba acarreando. Le había ofrecido a la señora de buen grado una casa más grande, le había intentado comprar el edificio, le había explicado que ante la ley tenía muy pocas posibilidades de salir airosa, pero ella seguía obstinada en su idea.

Para colmo, estaba poniendo quejas en el periódico, y la gente empezaba a hablar mal de la urbanización. Estaba bajando rápidamente la reputación de su empresa, debido a que “quieren echar de su casa a una pobre viejecita”. Esto podría tener graves consecuencias en el éxito de su proyecto. No podía soportarlo más. Esa vieja egoísta estaba frenando un proyecto destinado a convertir su asqueroso barrio mugriento en la mejor zona residencial de la ciudad. Se le había ofrecido dinero a cambio, u otra vivienda, o lo que sea, pero ella se negaba. Se estaba empeñando en destrozar todo lo que él había intentado construir todo ese tiempo.





7.
Then we looked into our eyes for the first time, and we got so close I could've counted her eyelashes. There was complete silence, as if the whole world held its breath. Then I got lost. I got lost in her eyes, in her arms, in her mind. And I deeply wished not to find a way out.

She did it for me, anyway. As love doesn't know about distance or time, that shouldn't have been love. Call it how you want, but it was goddamn real. Breathtakingly real: short, but timeless.



8.
I wasn't thinking: I just did it. We had just said goodbye and were about to go, when I caught her eye, then gave her a slow, yet short kiss. My hand went from her neck to her shoulder, then down along the back of her arm to her hand. I could feel her astonishment; she stood frozen and puzzled as I released her, turned around and left. Hours later, we were farther but closer than ever.




9.
Her hand slipped away from mine as we arrived at the subway station. I stopped walking, as she moved a couple of steps farther and turned around showing a sad-looking half-smile. Then she got dangerously close to me, and said:

-I have to go.

Even though we were just friends, when she told me that, I started to feel anxiously empty, lonely. I looked into her eyes and guessed she didn't really want to leave, either. So I answered without thinking.

-Don't. Stay with me...

When she heard that, she dodged my glance and slightly blushed. When she looked at me again, her eyes were a bit more wet. Slowly, she leant towards me. I was feeling her breath coming out of her mouth in mine, when she suddenly changed direction and hugged me, whispering into my ear:

-Goodbye...

As she broke apart from me, leaving her hand in my neck, our lips brushed past. My heart was beating so fast I couldn't hear me think, but I managed to notice they were too dry.

Then she turned around and ran downstairs, leaving me a bit more puzzled and a lot more in love.





10.
Son las tres de la mañana en una estrecha calle de las afueras de Valencia. Luz amarillenta ilumina la carretera mojada. Un chico anda por la calle, dando patadas a una lata, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Es alto, delgado, con el pelo revuelto, moreno y liso, y lleva puesto un abrigo negro y unos vaqueros.

De repente, el chico le pega a la lata una furiosa patada. La lata sale despedida y se cuela bajo un contenedor.

Al ver esto, se queda quieto una fracción de segundo, y echa a correr. Corre todo recto por la calle, hasta que se acaba. Luego gira a la izquierda, sigue recto, gira y sigue, siempre corriendo. Da igual a dónde. Sólo correr. Sólo huir.

Una de las calles del extrarradio daba a un puente sobre la autopista. Sigue corriendo, las farolas como únicos testigos. A lo lejos, por la derecha del puente, se acerca un camión. Se resbala, se cae, se levanta y sigue corriendo por el puente. Empieza a gritar, primero en bajo y cada vez más alto. Un grito de rabia, de ira contenida a lo largo de años de paciencia, de dolor absorbido, guardado y soltado de repente.

Salta, pasando boca arriba por encima de la balaustrada del puente, y casi tocándola con la espalda y los talones.

Y con ese grito desgarrador se estrella el camión contra su pecho.

Un grito, en cierto modo, de libertad.