Cuando empezó a sonar el que debía ser el octavo nocturno seguido de Chopin, Will miró el reloj, incómodo. El camarero se había acercado ya varias veces a preguntar, pero él prefería esperar. Consideró por un momento que le hubiera podido surgir un imprevisto, pero ella siempre llevaba encima el móvil, y le habría escrito. Tenía mucho más sentido que simplemente se hubiera olvidado de ir, como otras veces.
No es que ella no le quisiera -pensaba Will-, debe ser que tiene muchas más cosas en la cabeza, todos esos problemas con el trabajo y la familia. Quizá había vuelto a quedarse hasta tarde en el bufete y se le había ido la cabeza con el caso en el que está metida.
Will se ajustó el nudo de la corbata y cambió de postura en la silla.
Siempre había sido una chica bastante impredecible y complicada, no era la primera vez que le dejaba plantado. Además, cuando Will la necesitaba de verdad, tendía a desaparecer.
De hecho, en los momentos importantes solía recurrir a sus amigos más que a ella. Además, él también estaba metido en líos con la empresa, trabajando hasta tarde, y siempre encontraba tiempo para ella. No, no podía ser eso, la teoría del trabajo servía de catalizador pero no de desencadenante.
Cansando de pensar en las posibles teorías, Will echó otro vistazo a la carta, cuando de repente tuvo la idea, una idea nueva, enorme y genial. Una idea que se fue agrandando cuantas más vueltas le daba y acabó inundando su cabeza como un tsunami. Todo empezó a cobrar sentido.
Se levantó bruscamente y fue andando rápido hacia casa. Al entrar, metió cuatro cosas en una mochila y algo de ropa en una maleta, cogió el pasaporte y los documentos importantes y se dirigió al aeropuerto. De camino, envió un mensaje al segundo de su empresa para que se hiciera cargo de ella y asumiera sus funciones durante un tiempo indefinido.
***
Cuatro años después, Cat estaba a punto de llegar a São João de Pirabas, siguiendo la pista a una IP desde la que se hizo una transferencia usando la cuenta bancaria que ambos tenían en común.
La verdad es que aunque aparentaba estar mirando tranquilamente el paisaje desde el asiento del copiloto, en realidad estaba muy nerviosa. No es que le fuera a afectar encontrarle, pero después de casi cinco años la mataba la curiosidad. ¿Qué extraño y oscuro motivo puede llevar a su ex-novio a dejarlo todo e irse a vivir a Brasil? ¿Se habría ido con otra? ¿O con otro? ¿Estaría huyendo de alguien?
El Jeep Wrangler negro entró en el pueblo. Era bastante pequeño, con pinta de nuevo y de ser destino habitual de turistas. Tras bordear el paseo que daba a una especie de ría, el coche se detuvo frente a un pequeño taller destartalado.
Cat se preguntó qué haría Will, el estresado empresario que había conocido en Seattle, en un garito lleno de motos sucias y coches antiguos con el suelo lleno de aceite.
Se acercó con una mezcla de extrañeza y asco a la ventana, intentando no tocar nada para no manchar su vestido italiano. Escuchó un timbre en la puerta principal.
Un hombre que estaba tumbado en un skate debajo de un coche, se deslizó fuera y se incorporó. Era más delgado de lo que esperaba, mucho más moreno y lucía un anillo de matrimonio en la mano derecha, además de su inconfundible media sonrisa. Will se secó el sudor de la frente y los hombros con un trapo y se dio la vuelta, sin reparar en ella.
Cuando abrió la puerta, una chica se lanzó encima de él tan repentinamente que Cat se sobresaltó. Will la sujetó por las piernas y la llevó hasta el capó de un Jaguar E-Type rojo oscuro, sobre el que se besaron.
A Cat le dio un vuelco el corazón. Acto seguido, giró en redondo y se fue por donde vino.
sábado 5 de noviembre de 2011
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1 comentarios:
Una suerte para Will huír de lo que no necesitaba y no le reportaba ningún beneficio.
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