No soy una persona que se emocione con facilidad. Bueno, la verdad es que no lo sé, no me paro a pensar en lo que siento, sólo en lo que hago. Y desde luego, no soy una persona que muestre sus sentimientos con facilidad (salvo el amor). No me gusta hablar de mí, no me gusta que se me note en la cara cómo estoy por dentro, no me gusta poner tonos de voz que me delaten.
Pero precisamente cuando hablo de ellos, cuando los muestro, son la verdad. Nunca mentiría acerca de ellos, preferiría simplemente callar.
Sin embargo, es inevitable que se me escapen a veces pequeños dejes de actitud, especialmente si ese sentimiento es muy fuerte. Para una persona a la que le cuesta tanto emocionarse, puedo asegurar que cuando la emoción llega, llega de verdad. Cuando la ilusión aparece, el mundo se ilumina del todo, lo malo da igual, completamente igual, porque no es importante, está totalmente eclipsado por la causa de la ilusión.
Es por esto que cuando llega la desilusión y la luz se apaga de repente, uno ve menos que antes. Sólo quedan destellos irreales allá donde se mira, y una bola de angustia debajo del esternón. Se vuelve difícil mantener una conversación, el mundo no encaja, algo falla, y es imposible entender por qué el mundo no para, rebobina y corrige el error.
Es como ver una pizarra enorme con una solución a un problema matemático, y fijarse en que, en medio, hay un pequeño error, un menos en vez de un más, o un cuatro en vez de un siete. Es la pena y la angustia de ver como la ecuación sigue después, soportando sin saberlo la anulante carga que supone la incorrección. Está mal, pero no lo sabe y sigue como si nada.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

7 comentarios:
Llevo un par de días leyendo este texto, en los dos sitios. Abro la página de comentarios dispuesta a ofrecer una... ¿idea?, y cuando me encuentro con el recuadro en blanco compruebo que la idea ha caducado, ya no tiene sentido. Así que te diré lo que me salga espontáneamente.
La noche que te leí, el texto me dejó algo descorazonada. Conozco la sensación que describes; y la palabra desilusión, aunque apropiada, se queda un tanto corta, porque dentro de ese sentimiento que expresas existe una rotura hecha a traición, normalmente producida por alguna causa fuera de pronóstico.
El tiempo nos enseña a defendernos de una manera sucia pero eficaz: a través de una coraza o un escudo que hacemos a nuestra medida, porque, lógicamente, no queremos sufrir ni pasarnos la vida buscando remedios para curar heridas.
Soy sincera cuando te digo que he rechazado escudos y corazas; pero he buscado un refugio (que tú conoces) del cual apenas salgo. Y te diré por qué: pienso que la felicidad, el bienestar, la satisfacción, etc, dependen de uno mismo y es inútil hacerla depender de una persona o de varias, o de ciertas cosas.
Involucrarse en el mundo no es difícil, solo hay que dejarse llevar. Lo difícil es salir parado como uno quiere, y seguir siendo después como se deseaba ser.
(Ahora te hablaré un poco más de mí y perdona).
Me resultó importante comprender esto que digo y por ello he evitado y mantenido al margen a toda persona o situación que perturbe (o reste) mi felicidad, porque entiendo que ella es responsabilidad mía.
Cambiamos de forma natural (como el universo) y nos modela un entorno del que inevitablemente estamos colgando.
El entorno nunca me ha gustado y he pasado la vida yendo en contra de la corriente, pero no de una forma rebelde sino intentando experimentar otras formas de observar el mundo, diferentes a las habituales; y quizá es de lo que más satisfecha me siento. Porque encuentro que la vida está repleta de cosas (situaciones, personas, sensaciones...) que tienen su "alma" (en sentido figurado y ateo), y tengo que encontrar una expresión o palabra que las describa tal y como las percibo. En términos poéticos: necesito pasar la vida encontrando "metáforas" para nombrar a cada cosa por el alma que encuentro en ellas. En realidad estoy describiendo un sueño personal, y si me involucrase demasiado en el mundo me resultaría imposible llevarlo a cabo.
El amor no es mi tema favorito, porque es algo que perturba mucho y hace sufrir en exceso; teniendo en cuenta que es un recurso reproductivo de la naturaleza, prefiero otras clases de amor, como las que van apareciendo y creciendo poco a poco, y sin una causa... tan clara.
...Me he alargado muchísimo. Lo siento. Espero no haberte calentado mucho la cabeza.
Un beso, Gabriel, desde la Enterprise.
Sobre las cuestiones emocionales: llevo mucho años dando vueltas al asunto. La filosofía me ha aportado muchos datos y proporcionado argumentos bien elaborados con nuevos puntos de vista. Por otro lado, la física puso mucho más al permitirme entender cómo funcionan algunos de los muchos procesos naturales en los que inevitablemente estamos incluidos (y sometidos).
Con todo, la primera conclusión es de perogrullo: somos parte interesada.
Un día me di cuenta de que existen hábitos emocionales; hábitos es la palabra clave. Aprendemos a querer, amar, apreciar, estimar, etc., partiendo de los modelos que tenemos a nuestro alrededor. Cuando un fenómeno emocional nos ataca por primera vez pensamos que es diferente a todo; ahí estamos pagando la novatada. Y siempre aparece alguien com más rodaje (como fue mi caso el otro día) que te dice que no es nuevo y que lo conoce. Esto es verdad, es así; no hay nada nuevo en el fenómeno de sentir (el modo químico y físico) dentro del entorno humano. Pero la novedad, o la diferencia, se encuentra en la forma de cada uno de procesar la información para hacer una interpretación individual. (También pienso otra cosa al respecto, pero te la diré a través de otro medio, otro día).
Esto es lo que yo creo, por ahora; de modo que no puedo hacer una afirmación segura, ni creo que pueda hacerlo nunca.
Creo que cuando se busca algo diferente no puede haber apoyos modélicos; en todo caso pueden servir como punto de partida, nada más.
Los hábitos emocionales son una farsa, una trampa. Si no, fíjate en el rollo de los malos tratos de género. También en la educación de los niños. Hay muchas, muchas formas de actuar dentro del mundo humano que se mueven a través de hábitos dirigidos por modelos; algunos, aberrantes o indignos, pero perfectamente aceptados.
El problema está en saber diferenciar si lo que uno siente forma parte de un proceso natural intacto, cómo se disfraza, de qué forma se desarrolla... En fin; la cuestión, en mi opinión, está en hacerse las preguntas correctas que surgen por la embestida de la incertidumbre y la duda, y ser cacaz de vivir tranquilo con ellas.
Un beso gordo, Gabriel. Y gracias por tus visitas a la nave.
El amor es paciente,
es bondadoso.
El amor no es envidioso
ni jactancioso ni orgulloso.
No se comporta con rudeza,
no es egoísta,
no se enoja fácilmente,
no guarda rencor.
El amor no se alegra de lo injusto
sino que se regocija con la verdad.
Perdura a pesar de todo,
lo cree todo,
lo espera todo,
y lo soporta todo.
(¿Qué flipe os ha dado con las katanas? Helena tb.)
Un beso desde la Enterprise.
Hola gebriel:
Me ha gustado el símil, "antivirus", es muy gráfico.
También yo soy escéptica, fue una "vacuna" que me puse hace, ya ni me acuerdo... muchos años.
Pero no hace tanto (conste que lo venía sospechando) me di cuenta por alguien cercano de que el escpeticismo también se puede convertir en una especie de verdad rígida, una postura inflexible, cuando pensaba todo lo contrario. Entonces me plantée que puede ser como cualquier otra postura susceptible de convertirse en estatua para la posteridad. Dentro de la funda humana todo parece corromperse, orientarse hacia la inmovilidad. La naturaleza tiende al desorden mientras la biología crea una suerte de orden que se rompe cerca de la muerte, para volver a ordenarse durante la descomposición de los organismos.
Los humanos concebimos los propósitos (orden)y nos desconciertan los despropósitos(desorden), porque nuestras socedades estan ordenadas y luchan contra el desorden, intentando mantener a toda costa lo que "funciona bien". Y estos mensajes nos llegan desde que nacimos. Luego, el individuo se rebela contra todo eso (no así la masa).La vida que tenemos es como una carrera contra corriente.
Parece que una forma que tenemos de ordenar el tiempo es medirlo en duraciones cortas (acontecimientos cercanos y cotidianos) y en largas (tiempos históricos), porque la noción de tiempo es el hilo conductor que cohesiona todo este lío.
Igual que me hubiera gustado conocer alguna vez cómo es la vida sin creencias, me hubiera encantado conocerla sin la precepción de tiempo: ¿estárán unidos?
El relato está dedicado a una persona, y es como un lamento/crítica a la devastación de una de las ¿virtudes? que nos hacen más humanos. ¿Habría que crear una vacuna que proteja al escpeticismo de nosotros mismos, aún siendo de nuestra propia invención?
Parece ser que las creencias son inevitables para seguir caminando, como en física partir de una hipótesis (en principio te la crees)para poder seguir investigando. Estas creencias no deberían ser duraderas (aunque funcionen, que nos vendemos a lo más práctico con mucha facilidad), y quizá habría que inventar un nombre para ellas.
Efectivamente, a uno le convence lo que le hace feliz; pero la experiencia me ha demostrado que nada es eterno ni permanece tal como lo elegimos; parece que el dinamismo rige el universo y todo cambia, sentimientos, ideas, formas de ver las cosas y de entenderlas... a medida que pasa el tiempo. El tiempo otra vez... Un problema, a veces es un aliado y otras un enemigo.
Y sí, la vida es muy corta a pesar de lo despacio que pasa un minuto. Llegada una edad, por desgracia, el tiempo vuela, los días son demasiado cortos y la tierra muy pequeña: ¿Impresión, realidad?... es eso estamos.
Por mi parte me conformo con seguir a gusto en la incertidumbre, nadando entre las dudas para poder seguir cultivando inquietudes (hacer malabarismos con la imaginación y equilibrios con los datos que tenemos) hasta que me muera de cansancio o de vieja.
No veas cómo disfruto con tus comentarios. No te disculpes, yo también me alargo mucho.
Un beso muy grande Gabriel.
Vale, vale, me he colado. Es, Hola Gabriel; no veas cómo se ha reído Helena....
No me he quedado conforme con lo que te he dicho, Gabriel; la intención de mi relato no pretende decir que sea mejor ser escéptico o lo contrario sino que la forma diferente de pensar de otros supervivientes puede hacer tambalear nuestras propias concepciones, dándonos la gran oportunidad de volver a considerarlas, si las "damos por buenas", o cambiarlas si no es así, pudiendo conocer algo más profundo o extenso sobre ellas.
Un beso.
(¡Cielos! Todos los comentarios son míos...)
Me encantaría saber de tí.
¿Has terminado ya los exámenes?
Un beso grande, Gabriel.
Publicar un comentario en la entrada